| | Ya lo dice la canción: “Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor…”. Podría añadirse que quien tenga estas tres cosas, en una medida equilibrada , tendrá calidad de vida.
La Organización Mundial de la Salud, define la calidad de vida como “la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de la cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus objetivos, sus expectativas, sus normas, sus inquietudes. Se trata de un concepto muy amplio que está influido de modo complejo por la salud física del sujeto, su estado psicológico, su nivel de independencia, sus relaciones sociales, así como su relación con los elementos esenciales de su entorno".
La calidad de vida se relaciona con la felicidad, y aunque éste es un concepto subjetivo y que depende de la percepción individual de cada persona, se podrían establecer tres planos o condiciones generalmente aceptados para que conseguirla sea más probable, o al menos para que pueda hablarse de una buena calidad de vida. Todas están íntimamente relacionadas entre sí, de forma que la carencia absoluta de cualquiera de ella, afecta al equilibrio de las demás.
En primer lugar, todo ser humano necesita tener cubiertas unas necesidades básicas con un mínimo de recursos (alimentarse, vestirse, un lugar en el que cobijarse…). No se trata de ser millonario, sino de que los recursos materiales disponibles nos permitan vivir con un mínimo de dignidad.
En segundo lugar, estar sanos nos ayuda a ser felices. La ausencia de afecciones o enfermedades hace más fácil disfrutar de la vida.
Y en tercer lugar, toda persona necesita un mínimo de reconocimiento y aceptación social. Necesitamos sentirnos apoyados, aceptados y queridos para ser felices.
La prioridad que se le otorga a cada una de estas dimensiones de la vida humana depende de cada individuo y determina su sentimiento de felicidad general.
Quizás esto sea simplificar mucho una cuestión sobre la que se ha reflexionado a lo largo de siglos. No es tarea fácil definir la felicidad.
Algo similar sucede con el concepto “calidad de vida” (menos etéreo que el de felicidad, pero no por ello menos complicado).
A pesar de su dificultad para definirlo, hoy día existen numerosos estudios e índices para medir la calidad de vida y se hacen comparaciones entra la calidad de vida de diferentes países como indicador de su grado de desarrollo.
Independientemente de los debates generados por lo que significa calidad de vida, lo que es innegable es que la salud es un aspecto indispensable para hablar de ella.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el masaje? El masaje es salud, y esto es algo que no acaba de reconocerse debidamente, no al menos con la seriedad y la importancia que se merece en nuestra sociedad y cultura actuales (y me refiero aquí a la sociedad y cultura que yo conozco, la española).
Por una parte, y durante mucho tiempo, darse un masaje ha sido considerado un lujo al alcance de unos pocos privilegiados. Algo propio de personas adineradas, estrellas de cine, artistas, modelos…. El masaje se ha visto como algo accesorio, superfluo, un placer relacionado generalmente con tratamientos de belleza. Por otra, se ha visto el masaje como algo necesario sólo bajo prescripción facultativa, como propio de personas enfermas, como un tratamiento complementario para aliviar alguna dolencia o trauma.
Hoy día parece que asistimos a un mayor reconocimiento de los poderes curativos del masaje y podemos encontrar una amplia oferta de técnicas procedentes de las más diversas y remotas culturas.
Es innegable que el masaje tiene un efecto beneficioso sobre la salud de las personas. Esto es algo ampliamente aceptado y a pesar de ello, su uso sigue siendo excepcional y sigue obedeciendo a las mismas razones.
| | La mayoría de la gente acude a un masajista para cuidar su aspecto o aliviar alguna dolencia, y en cierto modo continua considerándose “un lujo”.
Todo el mundo debería poder recibir un masaje con regularidad: el ejecutivo, el obrero, el ama de casa, niños, jóvenes y ancianos... El masaje alivia tensiones, tonifica y mejora la flexibilidad de los músculos, mejora la circulación sanguínea, alivia el dolor, produce bienestar, ayuda a eliminar el exceso de grasa, ayuda a combatir la depresión, el estrés…. En fin, un largo etcétera, sin entrar a mencionar la gran cantidad de enfermedades en las que su uso es altamente recomendable.
Estoy convencida de que si muchas empresas ofrecieran un servicio de masaje a sus empleados, aumentaría el rendimiento de sus trabajadores y habría un clima mucho más positivo y relajado.
Si el masaje es tan positivo para la salud de todos, ¿por qué sigue siendo su uso algo excepcional?. Quizás, porque es un servicio privado y porque falta una educación para la salud.
Hay un uso del masaje que no está suficientemente extendido y del que no se ha hablado suficientemente. Me refiero a su utilización “preventiva” o “profiláctica”, a su uso generalizado como medio eficaz en la prevención de enfermedades.
Si darse un masaje fuera algo tan cotidiano como asearse o disfrutar de una buena ducha se evitarían muchos de los trastornos que nos llevan a la consulta del médico.
Me pregunto por qué dar un masaje no es algo que nos enseñan desde pequeños, como parte de nuestro cuidado personal. Hablo lógicamente de aprender lo básico para cuidar nuestro cuerpo, no se trata de que todos seamos expertos masajistas.
Creo que sería más que interesante que en las escuelas se enseñaran nociones de masaje y automasaje, del mismo modo que hay clase de gimnasia, por ejemplo. ¿Por qué no se incluyen en los programas de educación una asignatura como “educación para salud o cuidado del cuerpo”? Una asignatura así, con materias como alimentación , masaje, y otras en esta línea (tan básicas como necesarias para nuestro cuidado personal), ayudaría a combatir y a prevenir muchos problemas de salud actuales y a generar hábitos saludables.
Dar o recibir un masaje debería ser algo natural y cotidiano, no algo extraordinario. Si se fomentara y generalizara su uso desde las instancias adecuadas y competentes, se conseguiría una población más saludable y, por lo tanto, una mejor calidad de vida para todos.
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