El masaje es uno de los recursos que tiene el hombre actual para hacer frente a una existencia cada vez más alejada del ritmo natural de la vida. La incomunicación y el estrés hacen que cada vez nos resulte más difícil permanecer en contacto con nuestra esencia más íntima.
El masaje, es una terapéutica natural, sus poderes curativos han sido conocidos por todas las grandes civilizaciones (Grecia, Roma, Egipto, China, India...), lo que ha dado lugar al desarrollo de diversas escuelas y técnicas. Hoy día existen masajes relajantes, sedantes, térmicos, con piedras, aromáticos, de esencias, tonificantes, etc., y están muy de moda los masajes de corte oriental. Así, tienen especial aceptación el masaje japonés o shiatsu y el masaje chino o tui na, en los cuales se realizan presiones manuales en los puntos de acupuntura para canalizar la energía vital; el masaje ayurvédico de tradición hindú o el thai, de tradición tailandesa. Cada profesional se puede formar en las distintas escuelas y optar por utilizar un método "puro" o mixto. Yo he optado por utilizar un método mixto, desarrollando a lo largo de mis años de experiencia un estilo propio que he intentado ir enriqueciendo con el paso del tiempo. En este sentido, he ido incorporando a mis masajes nuevos movimientos y técnicas cuya eficacia he podido comprobar en las personas que acuden a mi gabinete. El masaje también puede ser creativo, siempre y cuando no se arriesgue la salud del que lo recibe. Pero independientemente de la técnica utilizada, el poder curativo del masaje va más allá de mejorar la circulación sanguínea, relajar músculos, eliminar contracturas o estimular el sistema linfático. El masaje tiene importantes efectos psicológicos sobre la persona que lo recibe y la que lo aplica; nos ayuda a restablecer la armonía con la realidad que nos rodea. El contacto humano tiene un efecto equilibrante.
En primer lugar, cuando damos un masaje, hay que compensar la sensación atávica de inseguridad, fragilidad y vulnerabilidad de un cuerpo desnudo en una camilla, expuesto a unas manos ajenas. Se trata de romper esa barrera consciente o inconsciente, muchas veces fruto de la inseguridad, tensiones y estado emocional y físico de la persona que requiere nuestros servicios. Personalmente, me gusta recibir a todos aquellos que acuden a mi gabinete con alegría y cariño. Me gusta mimarlos y animarlos y me encanta pensar que al menos cuando trabajo con ellos se sienten únicos, porque en realidad lo son. Para mí no hay buenos o malos clientes. Sólo hay personas. Partiendo de esta premisa, es fácil actuar sin prejuicios que resten autenticidad a la relación que se va a establecer en el masaje. La clave está en la ternura, en dispensar un trato cálido y abierto, sin establecer juicios de valor sobre el aspecto, posición económica, personalidad o creencias de la persona que se pone en nuestras manos.
Hecha esta observación, repasaré sucintamente otras cosas qué considero importantes a la hora de dar un masaje y finalizaré con una somera enumeración de lo efectos que se producen en quien lo recibe. El tacto: El contacto físico es algo tan natural que,a falta de él las personas se deprimen y vuelven irritables. Unas de las primeras impresiones que recibe el feto en el seno de la madre son táctiles, tal vez por ello el tacto genera seguridad y confianza. Sin embargo, y a pesar de ser algo tan natural, actualmente son muchos los prejuicios que impiden que nos toquemos libremente. Habitualmente evitamos el contacto físico con personas que no son de nuestra estricta confianza, por prudencia o por miedo. Pero el tacto nos sirve para explorar nuestro entorno, nuestro cuerpo y es una forma de comunicación. El masaje es sereno, íntimo, estimulante, positivo, agradable. El sentido profundo del masaje reside en una forma singular de establecer una comunicación sin palabras. La persona que lo recibe puede ser partícipe de una experiencia física y mental difícil de describir. Nuestras manos ofrecen la posibilidad de comunicar a los demás que son objeto de nuestro respeto, atención y cuidado. Esto genera una maravillosa sensación de bienestar que no hay fármaco que la produzca. En relación con el tacto, es básico: - Tener las manos limpias, cuidadas y suaves, libres de asperezas o callosidades.
- Ejercitarlas para mantener su flexibilidad y firmeza.
- Las uñas deben estar bien cortadas para trabajar con las yemas y evitar arañar.
- Utilizar cremas o aceites para que las manos se deslicen suavemente sobre la piel.
- Cuidar la temperatura de las manos y cremas antes de aplicarlas.
- Tener las manos desnudas, libres de anillos, pulseras, relojes, etc.
El ritmo:
El control del ritmo es muy importante en el masaje. La velocidad y la presión deben ser uniformes y adecuadas para tratar las diferentes zonas y transmitir la sensación de relajación y tranquilidad necesarias. No se deben producir interrupciones innecesarias. Los cambios de velocidad y presión tienen que efectuarse de forma gradual, evitando transiciones bruscas o repentinas. Se trata de imprimir fluidez y continuidad al movimiento, lo que no significa que no se deba variar la velocidad o la presión. La variedad en el masaje se parece mucho a la de la música: los cambios en el tiempo ayudan a evitar la monotonía del ritmo.
Las pausas son muy importantes, nos ayudan a introducir variedad en el ritmo y a recuperar energía y concentración. Es aconsejable hacerlas sin separar nuestras manos de la persona que recibe el masaje. Nuestras manos deben quedar “en silencio”, apoyadas sobre el cuerpo del paciente que sentirá cómo su calor fluye hacia el punto en el que están apoyadas. Este silencio de nuestras manos tiene también un gran poder de comunicación.
La sensibilidad: La sensibilidad consiste en definir la estructura interna del cuerpo que se está masajeando (esto es algo distinto del estudio sistemático de la anatomía). Nuestras manos tienen que investigar, hay que hacerlas “escuchar” los tejidos, huesos y músculos, hay que sentir lo que nos dicen. Para ello hay que hacer un gran ejercicio de concentración. No hay que olvidar que esos tejidos, esos músculos, esos huesos pertenecen a la persona que recibe nuestro masaje, y no sólo hablan sino que también “escuchan” lo que nuestras manos les dicen.
Hay que recorrer todo el cuerpo y evitar dejar zonas sin tratar, aunque luego nos concentremos en las que más lo necesitan. La energía vital o bioenergía
Somos un canal de transmisión de energía vital. Esta energía vital la comunicamos a través de nuestra manos, del ritmo, de la sensibilidad, de nuestra respiración (que es fundamental para nuestra concentración). Si nos concentramos en el masaje, no tardaremos en relajarnos también plenamente, y transmitiremos inmediatamente esta sensación nuestra a la persona que lo recibe. De esta manera no sólo se trabaja mejor, sino que al final te sientes lleno de energía, con muchas fuerzas y vitalidad.
En consecuencia, el masaje produce un intercambio de “energía” entre quien lo recibe y quien lo da. Es indispensable estar distendido, disponible y abierto a la experiencia que tiene lugar a través de nosotros, porque cada masaje en una experiencia nueva.
Por otra parte, para que esta experiencia plena tenga lugar, es necesario que la persona que aplica el masaje la haya vivido previamente en su persona. Sólo así podrá saber qué se siente, qué debe sentir la persona que nos confía su cuerpo en la camilla de masaje.
Si bien es cierto que cada ser humano es un mundo y las diferencias individuales multiplican la variedad de sentimientos y sensaciones que una persona puede experimentar al recibir un masaje, la mayoría coincidimos en muchos puntos si quien nos da el masaje en un buen profesional.
Así, por mencionar algunos: - Reconocimiento de la propia individualidad debido a una atención personalizada.
- Aceptación, consideración, comprensión y respeto al recibir cuidados.
- Desaparición temporal de las preocupaciones, inseguridades o complejos.
- Consciencia del propio cuerpo.
- Aislamiento del mundo y ausencia de tiempo.
- Calidez, suavidad, agilidad, profundidad y firmeza en las manipulaciones recibidas.
- Bienestar, relajación, desentumecimiento.
- Renovación de energía.
- Alivio y mejora del estado anímico.
Indudablemente hay muchos más, pero la lista sería interminable.y supone entrar en el reino de la imaginación en el que todo es posible. Hay clientas que han llegado a confesarme que sentían que “flotaban” en mi camilla.
Cuando escucho cosas así, siento que no me he equivocado al elegir mi profesión y me siento feliz por dedicar mi vida al masaje. | |