| | ¿Qué es la “excelencia”? El diccionario de la Real Academia Española, define este término como “Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo”.
Hoy día se utiliza mucho este término para referirse a la máxima calidad profesional en diferentes ámbitos. En este sentido, alcanzar la excelencia, o tenerla al menos como meta, parece ser una exigencia de todo buen profesional.
Como profesional de la Estética me he preguntado muchas veces qué es lo que hace que una persona que trabaja en nuestro sector sea considerada “excelente”. Generalmente, identificamos profesionales excelentes con profesionales de reconocido prestigio, hombres y mujeres sobresalientes en nuestro sector por su calidad a la hora de trabajar, que tienen éxito y reconocimiento profesional o social. Sus nombres salen en las revistas especializadas, están presentes en eventos importantes, imparten cursos, escriben libros, dan conferencias, incluso pueden ser objeto de un reportaje televisivo. Suelen tener una clientela selecta que contribuye a aumentar su fama, frecuentemente internacional. Son profesionales con profundos conocimientos en su especialidad y que son tomados como referencia cuando se habla de innovación o de los últimos avances en una materia. En muchos casos crean escuela, imprimiendo su sello o estilo en todo aquello en lo que intervienen. Siendo esto así, enseguida me surge la pregunta: ¿Son todos los profesionales de reconocido prestigio necesariamente “excelentes”? ¿En qué consiste o debería consistir la “excelencia” de un profesional de la Estética?.
A continuación apunto brevemente mi idea de “excelencia” en general y su aplicación al campo de la Estética, pensando especialmente en los masajistas profesionales. Desde mi punto de vista la excelencia no debería identificarse únicamente con éxito o prestigio y tampoco con conocimientos en una materia. Antes bien, el éxito profesional es más bien el resultado o consecuencia de una actividad profesional eficaz y continuada, basada en un gran conocimiento específico, pero ninguna de las dos cosas son criterios suficientes para definir la excelencia. Tampoco deben ser los objetivos únicos o primordiales de un profesional que tenga como meta alcanzar dicha condición. Sin lugar a dudas, es deseable que todo masajista tenga un alto nivel de conocimientos teóricos y prácticos, lo que seguramente le ayudará a obtener el reconocimiento de sus clientes y compañeros de profesión, pero esto sólo no basta para ser excelente.
La excelencia, es algo más amplio que engloba también las actitudes (la disposición y voluntad con las que afrontamos nuestro trabajo), y no sólo con las aptitudes (los conocimientos, destrezas o habilidades que se adquieren para llevarlo a cabo). La excelencia, es el resultado de un compromiso profundo y vital, con uno mismo y con los demás. Implica una actitud de mejora continuada para desempeñar honesta y competentemente la actividad diaria. Este compromiso supone la voluntad de superarse día a día no sólo profesionalmente, sino también personalmente. La excelencia profesional no es posible sin una profunda implicación personal en aquello que buscamos o en los objetivos que pretendemos conseguir. El compromiso de mejora tiene un sentido que debemos encontrar en el fondo de nosotros mismos y que fundamenta el continuo esfuerzo de renovación y superación que exige llegar a ser excelente. Si bien es cierto que saber cuáles son nuestras verdaderas aptitudes y actitudes es muy relevante a la hora de elegir cualquier profesión, esto es especialmente importante en las profesiones como la de masajista, en las que el receptor de nuestro trabajo es directamente un ser humano, en cuya salud y bienestar podemos influir. Ambas, actitudes y aptitudes son susceptibles de mejorar. La siguiente pregunta es entonces ¿Qué actitudes y aptitudes son deseables en un masajista excelente? Una respuesta sólida supondría la definición concienzuda de un “modelo ideal”, un perfil profesional completo con implicaciones incluso éticas, lo que sería objeto de un amplio tratado y numerosos debates. No creo ser la persona idónea para llevar a cabo tan ingente labor y por tanto me limitaré a manifestar mi opinión en algunos puntos que considero de especial relevancia y en los que no se insiste lo suficiente (tanto al hablar de excelencia, como a la hora de formar a un profesional de la estética en la actualidad) Mi preocupación se centra fundamentalmente en las actitudes. No voy a entrar a analizar las aptitudes necesarias para ser un buen profesional. Como ya he mencionado, las aptitudes están compuestas en su mayor parte por habilidades, destrezas, técnicas y demás conocimientos que se pueden perfeccionar, actualizar, desarrollar y potenciar. Es precisamente en el desarrollo y adquisición de estas destrezas y conocimientos en los que se centran fundamentalmente la mayoría de los programas de formación de las escuelas y centros profesionales actuales. Pero, ¿se trabaja igualmente sobre las actitudes? ¿Qué tiempo se dedica a su conocimiento, evaluación y desarrollo?
Quizás perfeccionar nuestras aptitudes es decisivo para obtener buenos resultados a corto plazo, pero a medio y largo plazo, las que van a resultar esenciales en nuestra relación con los demás y con nosotros mismos serán las actitudes. Ésta es al menos mi opinión, formada tras una dilatada experiencia profesional. Creo que el control de las propias actitudes, el desarrollo de las positivas y la mejora de las negativas, debe ser objeto de una mayor atención. ¿De qué actitudes hablo? Resumo a continuación las que me parecen fundamentales para aspirar a lo que considero excelencia en mi profesión y que están íntimamente relacionadas con la revisión de ciertos valores.
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Me centraré en las actitudes positivas:
Humildad:
El auténtico compromiso de mejora comienza por uno mismo, con el reconocimiento de las propias limitaciones y siendo conscientes de que no estamos en posesión de la verdad absoluta. La mejora personal y profesional, parte de la humildad y de la apertura a otros valores y opiniones distintos de los nuestros. Es importante “escuchar” activamente al otro, ser receptivos. Sólo así es posible eliminar prejuicios y prepararse para el cambio que toda mejora conlleva. La humildad es una actitud necesaria para aprender de otros, revisar nuestros valores, aumentar nuestros conocimientos y promover la colaboración e intercambio de ideas y experiencias tan necesario en nuestra profesión. No somos entes aislados, todos nos necesitamos para mejorar.
Respeto: Por nosotros mismos, por la dignidad de las personas que acuden a nosotros para mejorar su salud y su aspecto, por nuestra profesión.
Considero que en mi desempeño diario como masajista el respeto mutuo es, no sólo altamente deseable, sino imprescindible para una buena relación con nuestros clientes. Ser un buen masajista exige la consideración del otro como ser humano, con independencia de su posición social o económica, su raza, sexo, aspecto físico o creencias. Dicha consideración debe reflejarse, entre otras cosas, en un comportamiento deferente, honesto, cuidadoso y confidencial con las personas que requieren nuestros servicios. Paciencia y perseverancia: Todo cambio necesita tiempo, por lo que la paciencia y la perseverancia se convierten también en condiciones necesarias en el camino hacia la mejora. Desde un punto de vista práctico, la paciencia nos servirá, por ejemplo, para esperar el tiempo necesario para ver los resultados de un tratamiento aplicado por nosotros y controlar su eficacia. Del mismo modo, la perseverancia nos ayudará a actuar, a ser constantes y a no rendirnos cuando sabemos que estamos es el camino correcto para conseguir un objetivo.
Responsabilidad:
Imprescindible en la toma de decisiones y en nuestra actuación diaria. Una actitud responsable hará que, por ejemplo, evaluemos seriamente un tratamiento antes de llevarlo a cabo y decidamos la conveniencia de su aplicación en una persona concreta, con independencia de modas, preferencias o intereses personales. La responsabilidad nos hace ser prudentes, prever las consecuencias de nuestras acciones y está relacionada con la ética en el ejercicio profesional. Generosidad: En el trato, en nuestra disposición , en nuestra actuación, intentando dar siempre lo mejor de nosotros mismos cuando realizamos nuestro trabajo, sin escatimar esfuerzo, tiempo o recursos para ejecutarlo de la mejor forma posible. Entusiasmo:
El ánimo con el que se hacen las cosas influye en su resultado. Cuando un profesional trabaja con entusiasmo, su ilusión y alegría son contagiosas y genera efectos positivos en las personas que le rodean. Desgraciadamente, existen personas que sólo ven en esta profesión una forma rentable de ganarse la vida. Formamos parte de un mundo competitivo, en el que el éxito profesional parece medirse en función de la riqueza material que se consigue trabajando. Se vive impacientemente, rápidamente, de forma práctica, intentando sacar el máximo beneficio y rentabilidad en todo aquello que hacemos, persiguiendo una excelencia a la que se despoja de un valor fundamental: su humanidad. En resumen, a mi modo de ver, el mayor esfuerzo y tiempo se invierte en la formación técnica profesional, descuidando generalmente el trabajo y la reflexión sobre las actitudes necesarias para aspirar no sólo a un buen desempeño, sino a una auténtica excelencia.
Personalmente, yo he encontrado en el masaje una forma de contribuir a la salud y bienestar de otras personas y tengo un enorme respeto por esta profesión. Cuando una persona que acude a mi gabinete se tiende desnuda o semidesnuda en mi camilla de masaje, siento que es un tremendo acto de confianza. Yo intento cuidarla y merecerla a diario, poniendo toda mi ilusión, voluntad y cariño en el ejercicio de mi profesión.
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